Prudencia Linares

Por Óscar Dávila Jara (Moralito)

Prudencia Linares se levantó sin haber dormido, se bañó y se vistió con el hábito franciscano. Oró de rodillas durante media hora y después deshizo la barricada con que aseguraba su puerta. Salió al pasillo y el aire caliente de la mañana se le pegó al rostro, produciéndole una congoja mayor a la de los días anteriores. Se dijo para sí misma que esa pena formaba parte de su castigo y que cuando llegara a confesarse con su Santidad ya casi habría pagado la penitencia que le correspondía. Ese día no pasó por la fonda y en ayuno se dirigió hacia el Vaticano, en su trayecto se fue llenando del dolor de los miserables y desgraciados que pululaban por los callejones de la ciudad.

A media mañana se encontraba frente a la enorme puerta que la conduciría hasta el Papa. Esperó largo tiempo hasta que un cardenal se acercó a ella solicitándole le entregara la gracia que con anterioridad se le había concedido, ella puso el diminuto sobre en la blanca mano de aquel hombre que no dejaba de mirarla a los ojos – Por aquí – dijo y se fue delante de ella. La llevó a una pequeña sala y la dejó en un reclinatorio. Después de unos momentos de silencio, detrás de ella, el Papa dijo en perfecto español – Dime tu pecado Prudencia – Ella volteó y vio su cara de anciano, cargando todas las penas del mundo y balbuceó – Su Santidad, deseo a mi esposo… a mi esposo muerto – El Papa se quedó estático momentáneamente y enseguida le dijo – Prudencia, ve con tu pecado, si lo olvidas entonces vuelve.

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